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Historias

Qué amigo nos es Cristo: el himno que nació de una carta a una madre enferma

Por Matias

Dos veces la muerte se interpuso entre Joseph Scriven y el altar. La primera vez, el río se llevó a su prometida la víspera misma de la boda. La segunda, años después y en otro continente, una neumonía se llevó a la mujer con la que pensaba empezar de nuevo. Cualquiera se habría amargado para siempre. Él, en cambio, hizo algo distinto con su dolor: se arrodilló. Y de rodillas, escribiendo una carta de consuelo para su madre enferma, compuso sin proponérselo una de las canciones más cantadas en la historia del cristianismo: «¡Oh, qué amigo nos es Cristo!».

El joven irlandés que lo tenía todo

Joseph Medlicott Scriven nació en 1819 en Irlanda, en una familia acomodada que le dio una esmerada educación. Se graduó en el Trinity College de Dublín y tenía el futuro dibujado: estaba comprometido con la joven que amaba y soñaba con formar un hogar cristiano y abrirse camino en la vida. Era un joven creyente, de fe sincera, al que todo parecía sonreírle.

Pero la vida, a veces, cambia de rumbo en una sola noche. Y la suya cambió en la noche más cruel posible.

La noche antes de la boda

La víspera de su matrimonio, su prometida murió ahogada en un trágico accidente. Un día estaba probándose el traje de novio en el corazón; al siguiente, estaba de luto. Scriven quedó devastado. No era solo la pérdida de la mujer amada: era la pérdida del futuro entero que habían planeado juntos.

En medio de aquel dolor, el joven irlandés hizo lo único que sabía hacer: volverse a Dios. Y tomó una decisión radical. A los veinticinco años cruzó el Atlántico y emigró a Canadá, buscando empezar de cero lejos de los recuerdos. Se estableció en Port Hope, un pueblo de la provincia de Ontario, donde trabajó como maestro y tutor.

El buen samaritano de Port Hope

En Canadá, Scriven adoptó un estilo de vida que a muchos les pareció una locura. Influido por los Hermanos de Plymouth, tomó el Sermón del Monte como norma literal de vida: vendió sus posesiones, hizo voto de sencillez y dedicó su tiempo, su dinero y hasta su propia ropa a ayudar a los pobres, a los enfermos y a los desamparados. Los vecinos de Port Hope lo llamaban «el buen samaritano».

Lo veían por las calles con su sierra y su caballete, cortando leña. Cuenta la anécdota que un día un hombre rico quiso contratarlo para que cortara leña en su casa, y un amigo del rico le advirtió: «A usted no le va a cortar leña. Él solo corta leña para los que no tienen dinero para pagarle». Era un hombre que jamás se negó a ayudar a nadie, aunque a veces lo tomaran por excéntrico.

En Port Hope volvió a enamorarse: Eliza Roche, pariente de una de las familias a las que daba clases. Pero la tragedia golpeó por segunda vez: Eliza enfermó de neumonía y murió antes de que pudieran casarse. Dos veces prometido. Dos veces enlutado. Scriven no volvió a pensar en el matrimonio; en cambio, se entregó por completo a servir a los demás y a su Señor.

La carta que cruzó el océano

En 1855, diez años después de haber dejado Irlanda, le llegó la noticia de que su madre estaba gravemente enferma. El hombre que había renunciado a todo por los pobres no tenía dinero para cruzar el océano y estar junto a ella. ¿Qué podía hacer un hijo desde tan lejos? Lo único que estaba a su alcance: orar y escribir.

Primero oró, pidiéndole a Dios las palabras justas. Después tomó la pluma y escribió una carta de consuelo para su madre, en la que incluyó un poema de tres estrofas titulado originalmente «Pray Without Ceasing» («Orad sin cesar»). No era un texto para publicar ni para que lo cantara nadie: era el abrazo a distancia de un hijo que quería recordarle a su madre enferma que, aun en la soledad y el dolor, tenía un Amigo que nunca falla. Cada verso respiraba lo que él mismo había aprendido a golpes de vida: que todo —las culpas, las penas, las luchas— hay que llevarlo a Dios en oración.

«El Señor y yo lo hicimos juntos»

Años más tarde, Scriven cayó enfermo y un amigo fue a visitarlo a su humilde cuarto. Junto a la cama, en un papel arrugado, el visitante encontró aquellos versos y, conmovido, le preguntó quién los había escrito. Scriven respondió con una humildad que lo retrata de cuerpo entero: «El Señor y yo lo hicimos juntos».

El poema empezó a circular de mano en mano hasta que alguien lo llevó a un editor. Apareció publicado de forma anónima en la colección Social Hymns, Original and Selected (1865), compilada por Horace Hastings, y más tarde en el modesto libro del propio Scriven, Hymns and Other Verses (1869). Nadie sabía quién era el autor de aquellas palabras que consolaban a tantos. El hombre que las había escrito seguía cortando leña para los pobres de Port Hope, sin imaginar que su carta privada estaba a punto de hacerse universal.

Un abogado le regaló la melodía

Faltaba la música. Y llegó de la mano más inesperada: Charles Crozat Converse, un abogado y compositor estadounidense de Erie, Pensilvania, nacido en 1832. Converse era un músico culto —estudió en Alemania, escribió sinfonías y oratorios—, pero su nombre quedaría grabado en la historia por una melodía sencilla que compuso en 1868 para vestir los versos de Scriven. La publicó en 1870 en su colección Silver Wings, firmando con el seudónimo Karl Reden. Era una melodía cálida, fácil de cantar, hecha a la medida de unas palabras que hablaban de amistad con Jesús. (Esa tonada, que en algunos himnarios aparece con el nombre de «Erie», es la que todavía hoy tarareamos.)

De las campañas de avivamiento al mundo entero

El himno encontró su gran impulsor en Ira D. Sankey, el músico de las campañas del evangelista Dwight L. Moody. En 1875, Sankey incluyó «What a Friend We Have in Jesus» como la última entrada de su famoso himnario Gospel Hymns Number 1. Él mismo contaría después: «El último himno que entró en el libro se convirtió en uno de los primeros en ganarse el favor del público». Al principio, por un error, se atribuyó la letra al himnólogo escocés Horatius Bonar, quien tuvo que desmentirlo; poco a poco se supo la verdad: el autor era aquel irlandés silencioso de Port Hope.

Desde las campañas de Moody y Sankey, la canción no paró de viajar. Los misioneros la llevaron a los cuatro rincones del planeta y fue traducida a decenas de idiomas; en muchos campos de misión fue una de las primeras canciones que aprendieron los nuevos creyentes. Generaciones de cristianos, en catedrales y en chozas, en estadios y en cultos de barrio, han encontrado en ella el mismo consuelo que Scriven quiso darle a su madre: que tenemos en Jesús un amigo que lleva nuestras cargas y escucha nuestras oraciones.

El río que volvió por él

El final de Joseph Scriven tiene un eco estremecedor con el principio de su historia. En 1886, a los 66 años, murió ahogado accidentalmente en el río Ganaraska, en Port Hope: el mismo tipo de muerte que se había llevado a su primera prometida más de cuarenta años antes. El hombre que había consolado a tantos con sus palabras partió de este mundo en silencio, sin riquezas ni honores.

Pero Port Hope no lo olvidó. Sus ciudadanos levantaron un monumento en su memoria que todavía puede visitarse, con una inscripción que resume su legado: allí yace «el filántropo y autor de esta gran obra maestra, escrita en Port Hope». El cortador de leña que solo trabajaba para los pobres resultó ser el autor de uno de los himnos más amados de todos los tiempos.

¡Oh, qué amigo nos es Cristo!, en nuestro idioma

Al mundo hispano la canción llegó como «¡Oh, qué amigo nos es Cristo!», y desde entonces no ha dejado de cantarse. Suena en los cultos dominicales de nuestras iglesias, en las campañas evangelísticas, en los devocionales familiares y en los momentos de prueba, cuando alguien necesita recordar que no está solo. Es de esas piezas que atraviesan generaciones: la cantaron nuestros abuelos y la cantan nuestros hijos, con la misma convicción.

Hoy ocupa un lugar de honor entre las canciones cristianas que más consuelo han llevado al pueblo de Dios, y cada vez que suena nos devuelve a aquel cuarto humilde de Port Hope, a un hijo escribiéndole a su madre enferma lo único que de verdad importa.

Lo que nos deja esta historia

Hay un detalle que lo dice todo: Scriven nunca quiso publicar su poema. No buscaba fama, ni derechos de autor, ni reconocimiento. Solo quería consolar a su mamá. Y sin embargo, Dios tomó aquellas palabras escritas en la intimidad del dolor y las convirtió en un himno mundial. Así trabaja Dios con los corazones quebrantados que se le rinden: lo que nace de la oración sincera termina bendiciendo a multitudes.

La próxima vez que cantemos «¡Oh, qué amigo nos es Cristo!», recordemos al hombre que hay detrás: el irlandés que perdió dos veces el amor de su vida, que regaló hasta su ropa a los necesitados, que cortaba leña gratis para los pobres y que, cuando no pudo viajar a ver a su madre enferma, le envió por carta lo más valioso que tenía: la certeza de que en Jesús tenemos un amigo que todo lo lleva, todo lo escucha y todo lo sostiene. Llevémoslo todo a Dios en oración. Él, mejor que nadie, sabía por qué lo decía.

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