Ficha técnica: Canción: «La vieja cruz» («The Old Rugged Cross») · Autor y compositor: George Bennard (1873-1958) · Año: comenzada en 1912, terminada en 1913 y publicada en 1915

El contexto: un hijo de minero que predicaba de pueblo en pueblo
George Bennard nació el 4 de febrero de 1873 en Youngstown, Ohio, hijo de un minero de carbón. Todavía niño, su familia se mudó a Iowa, donde su padre trabajaba en las minas. Cuando George tenía dieciséis años, su padre murió en un accidente minero, y el muchacho tuvo que bajar él mismo a la mina para sostener a su madre y a sus hermanas. No era un comienzo fácil: el polvo, el peligro y la pérdida marcaron su juventud antes de que pudiera soñar con un púlpito.
Poco después de la muerte de su padre, Bennard se convirtió en una reunión del Ejército de Salvación. Él y su esposa llegaron a ser oficiales de esa organización, dirigiendo brigadas, hasta que más tarde pasaron a la Iglesia Metodista. Ya ordenado como evangelista metodista, Bennard recorrió Estados Unidos y Canadá predicando en campañas de avivamiento, muchas de ellas en Michigan y en Nueva York. No era un predicador de grandes catedrales ni de auditorios famosos: era un evangelista itinerante, que iba de pueblo en pueblo, de iglesia en iglesia, con su guitarra y su mensaje.
En esos años, Bennard estaba haciendo un estudio especial sobre la cruz en el plan de redención de Dios. No se trataba de una idea pasajera: las fuentes que recogen su vida coinciden en que llevaba tiempo orando por una comprensión más plena de la cruz. Él mismo lo describió más tarde con una imagen que se volvió célebre entre quienes estudiaron su himno: oraba para entender la cruz, y le parecía ver a Juan 3:16 saliendo de la página impresa, tomando forma y actuando el significado de la redención. Bennard no buscaba escribir un éxito: buscaba entender, para sí mismo, qué significaba realmente que Cristo hubiera muerto en una cruz.
Esa búsqueda, sin embargo, no avanzaba como él esperaba. En Albion, Michigan, donde se había establecido y había abierto su propia empresa de publicación de himnos, comenzó a componer una melodía. La música le salió primero, antes que la letra. Pero las palabras no llegaban: durante un tiempo, lo único que tenía era una primera línea, «En una colina lejana se alzaba una vieja y áspera cruz», y no lograba pasar de ahí. La melodía estaba en su corazón; la letra, todavía no.
El momento de quiebre: burlado en un avivamiento, vio la cruz de otra manera
El giro llegó en medio de una de sus campañas, y no llegó con aplausos sino con burlas. Mientras predicaba en una reunión de avivamiento, unos jóvenes lo abuchearon y se burlaron de él en público. Las fuentes no adornan el episodio con detalles inventados: dicen, sencillamente, que fue una experiencia dura, una humillación pública en plena predicación. Pero fue justamente ahí donde algo cambió.
Bennard contó después que, tras esa experiencia, captó una visión nueva de la cruz y empezó a ver su significado más profundo. Al verse a sí mismo cargando, en pequeño, con el desprecio de otros, visualizó al Salvador saliendo de la ciudad que tanto amaba, cargando la cruz en la que entregaría su vida en una colina con forma de calavera, por un mundo perdido y arruinado. La burla no lo apartó de la cruz: lo acercó a ella. Y entonces, según relatan las biografías del himno, el resto de las palabras comenzó a fluir con libertad.
Él mismo resumió el proceso años después, con una honestidad que desarma cualquier leyenda: «La inspiración me llegó un día en 1913, cuando estaba en Albion, Michigan. Empecé a escribir «La vieja cruz». Compuse primero la melodía. Las palabras que escribí al principio eran imperfectas. Las palabras del himno terminado fueron puestas en mi corazón en respuesta a mi propia necesidad». No habló de un momento mágico ni de una escena teatral: habló de una necesidad propia, y de una respuesta que llegó mientras meditaba en la cruz.
El himno se terminó durante sus viajes de avivamiento. En Sturgeon Bay, Wisconsin, donde celebró reuniones en la iglesia de los Amigos entre el 29 de diciembre de 1912 y el 12 de enero de 1913 junto a Ed E. Mieras, Bennard y Mieras lo cantaron a dúo la última noche, ante una sala llena, con Pearl Torstensen Berg como organista. El conocido compositor Charles H. Gabriel lo ayudó después con las armonías. Y la versión completa se presentó el 7 de junio de 1913 en Pokagon, Michigan, en la Primera Iglesia Metodista Episcopal, cantada por un coro de cinco voces acompañado con guitarra, a partir de las notas escritas a lápiz por el propio Bennard. La esposa del pastor, la señora Bostwick, quedó tan conmovida que pidió el privilegio de pagar las planchas para imprimirlo. Así, un himno que había empezado con una sola línea y una melodía sin letra llegó, por fin, a oídos de una congregación entera.
El legado: de una iglesia pequeña a los himnarios del mundo
Después de Pokagon, el himno no tardó en salir de Michigan. Su primera presentación fuera de esa iglesia fue en el Instituto Evangélico de Chicago, ante una convención numerosa, y pronto se hizo extremadamente popular en todo el país. El gran impulso llegó con las campañas evangelísticas de Billy Sunday: dos miembros de su equipo, Homer Rodeheaver y Virginia Asher, lo popularizaron en esas cruzadas, y se los señala también como los primeros en grabarlo, en 1921. Bennard vendió los derechos a la compañía Rodeheaver; las fuentes difieren en la cifra exacta, entre 50 y 500 dólares, pero coinciden en lo esencial: el autor no se hizo rico con el himno más famoso del siglo veinte; el himno se hizo rico en vidas tocadas.
Publicado formalmente en 1915, «La vieja cruz» llegó a ser considerado, en general, el himno más popular del siglo veinte. Una reseña de su centenario recordaba que hacia 1939 ya se habían vendido más de 15 millones de copias y se habían hecho numerosas grabaciones. Curiosamente, los himnarios más importantes tardaron en aceptarlo —en buena medida, hasta la década de 1950— en parte porque expresaba un afecto tan directo por la cruz misma, más que por Cristo, que a algunos les resultaba controvertido. Pero las congregaciones ya lo habían adoptado mucho antes que los libros: lo cantaban en cultos, en campañas, en funerales y en reuniones familiares, porque decía con sencillez lo que muchos sentían y no sabían expresar.
Bennard compuso alrededor de 300 himnos más, pero ninguno alcanzó la fama de «La vieja cruz». Se retiró a Reed City, Michigan, donde la ciudad mantiene un museo dedicado a su vida y ministerio, y cerca de su casa se levantó una cruz de casi cuatro metros con las palabras «The Old Rugged Cross». En Albion, una señal histórica en la esquina de Michigan Avenue y College Court recuerda que el himno se compuso allí en 1912. Y en Youngstown, su ciudad natal, un memorial en el cementerio Lake Park honra su memoria.
Hoy, más de un siglo después, el himno sigue ministrando donde se canta. No porque la cruz sea un símbolo bonito, sino porque sigue señalando lo mismo que Bennard descubrió cuando fue burlado en aquel avivamiento: que el desprecio del mundo no tiene la última palabra, y que en la cruz áspera y vieja hay perdón, esperanza y, al final del camino, una corona que reemplaza la cruz. Bennard escribió el himno para responder a su propia necesidad, y esa necesidad resultó ser la de millones.
Un versículo para conectar
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). Ese fue el versículo que Bennard meditaba mientras la canción tomaba forma, y sigue siendo el corazón de su mensaje: el amor de Dios, dado en la cruz, para todo el que cree.
Escuchá la canción
Si querés volver a escucharla con el corazón puesto en esa historia, podés hacerlo entre las canciones de Michael W. Smith: su versión de «La vieja cruz» suena hoy igual de honda que el día en que Bennard la cantó por primera vez en Pokagon.

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