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Himnos Clásicos

«Tal como soy»: el himno que una mujer postrada en cama escribió en una noche de insomnio

Por Matias

Ficha técnica: Canción: «Just As I Am» («Tal como soy»). Autora: Charlotte Elliott (1789–1871). Año: 1835 (publicada en 1835; incluida en el «Invalid’s Hymn Book» en 1836).

El contexto: la artista que la enfermedad dejó postrada

Charlotte Elliott nació el 18 de marzo de 1789 en Clapham, Inglaterra, en una familia que respiraba fe evangélica por todos lados: era nieta de Henry Venn, un clérigo anglicano que caminaba codo a codo con William Wilberforce en la lucha por abolir la esclavitud. Creció entre sermones, libros y buena sociedad londinense, y de joven deslumbró en dos artes: era una retratista talentosa y escribía versos humorísticos que la hacían la favorita de los círculos sociales de su época. Nada en su vida anunciaba que terminaría siendo la mujer detrás del himno de llamado al altar más famoso de la historia.

Pero alrededor de los treinta años, una enfermedad severa la derribó y la dejó semipostada para el resto de su vida. De un día para otro, la artista que brillaba en las tertulias quedó reducida a una cama, a una silla, a cuatro paredes. La Charlotte alegre y sociable se volvió amargada y rebelde: su hermana Eleanor contaría después que la invalidez la sumió en una gran angustia mental, y que sus estallidos emocionales avergonzaban a toda la familia. Se sentía inútil, olvidada por Dios, condenada a mirar la vida desde la ventana.

En medio de esa oscuridad llegó el 9 de mayo de 1822. El evangelista suizo César Malan, de visita en la casa paterna de los Elliott en Clapham, fue presentado a Charlotte. Malan le hizo la pregunta que nadie se atrevía a hacerle: si estaba en paz con Dios. Charlotte reaccionó con resentimiento y se negó a hablar del tema. Pero la pregunta se quedó clavada en su corazón como una espina. Días después, fue ella quien buscó a Malan, se disculpó por su reacción y le confesó lo que la atormentaba: quería venir a Cristo, pero no sabía cómo. La respuesta del evangelista fue de una sencillez desarmante: «Ven tal como eres». Aquel día, Charlotte rindió su vida a Cristo. Su hermana Eleanor describiría después esa fecha como «el cumpleaños de su alma para la verdadera vida espiritual y la paz», y Charlotte la celebraría cada año, con cartas de ida y vuelta con Malan, durante cuarenta años.

Una nota honesta de los himnólogos: con el tiempo, algunos predicadores —empezando por Ira Sankey en la década de 1880— embellecieron el encuentro con diálogos largos y dramáticos que suenan más a púlpito que a historia. Un pariente de la familia, el obispo Moule, ya en 1897 advertía que esas versiones estaban cargadas de imaginación. El núcleo documentado, sin embargo, es firme: el 9 de mayo de 1822, una mujer amargada y enferma escuchó que podía venir a Cristo sin arreglar primero su vida, y esa frase le cambió la existencia para siempre.

El momento de quiebre: la noche en que se sintió inútil

Trece años después, la familia Elliott se había mudado a Brighton, la elegante ciudad costera del sur de Inglaterra. Su hermano, el reverendo Henry Venn Elliott, pastor anglicano, estaba organizando un bazar benéfico para recaudar fondos para el St. Mary’s Hall, una escuela destinada a dar educación a las hijas de clérigos pobres. Toda la familia se volcó en los preparativos. Todos, menos Charlotte.

La noche anterior al bazar, Charlotte se quedó sola en casa, postrada como siempre, mientras los demás salían a trabajar por la causa. Y en la quietud de aquella noche, los pensamientos la asaltaron: se sintió inútil, una carga, alguien a quien Dios había dejado al margen de su obra. Los himnólogos que han estudiado su vida —John Brownlie entre ellos— describen lo que siguió como un conflicto espiritual que la mantuvo desvelada: llegó a cuestionarse si toda su vida de fe no sería más que una ilusión de las emociones, una fantasía piadosa a punto de desvanecerse.

Fue entonces cuando, en medio de la angustia, recordó las palabras que Malan le había dicho trece años atrás: ven tal como eres. Y entendió algo que la sacó del pozo: si Dios la había recibido así —enferma, amargada, sin nada que ofrecer—, entonces su inutilidad no era un obstáculo para Dios, sino el punto de partida. Tomó la pluma y escribió, de un tirón, el poema que llevaba trece años gestándose en su corazón:

«Tal como soy, sin más decir, / mas ya que tu sangre fue por mí, / y tu voz me ordena a ti venir, / Cordero de Dios, a ti me rindo.»

Escribió seis estrofas (una séptima la agregaría al año siguiente). Cuando su cuñada llegó a la mañana siguiente con las noticias del bazar y leyó los versos, le pidió una copia y se la llevó al evento. El poema se imprimió en un folleto, y en 1835 apareció publicado; en 1836 Charlotte lo incluyó en el «Invalid’s Hymn Book», el himnario para enfermos que ella misma editaba, con un epígrafe tomado de Juan 6:37: «al que a mí viene, no le echo fuera». Lo que había nacido como el desahogo de una noche de insomnio empezaba a caminar por el mundo.

El legado: el himno que recaudó más que el bazar

Lo que ocurrió después tiene algo de justicia poética. Los himnólogos cuentan que la venta del folleto con el poema terminó recaudando para la escuela St. Mary’s Hall más dinero que todo el bazar junto. La mujer que una noche se había sentido inútil para la obra de Dios terminó siendo, con su pluma, la mayor benefactora del proyecto de su hermano. Dios no necesitaba sus manos; necesitaba su corazón rendido.

La música llegó en 1849, cuando el compositor estadounidense William Bradbury le puso la melodía «Woodworth», la misma que cantamos hasta hoy. Y desde entonces, «Just As I Am» —«Tal como soy»— no ha dejado de sonar. Se convirtió en el himno de llamado al altar por excelencia: durante décadas, en cada cruzada de Billy Graham, miles de personas caminaban al frente mientras sonaba esta canción, y Graham la amó tanto que tituló su autobiografía de 1997 con sus primeras palabras: «Just As I Am». Pocos himnos han acompañado tantas conversiones, tantas lágrimas, tantos nuevos comienzos.

Charlotte nunca buscó fama ni dinero con sus himnos: escribió alrededor de 150 y donó lo que produjeron. Editó durante años publicaciones cristianas para enfermos y afligidos, convirtiendo su propio dolor en consuelo para otros. Vivió hasta los 82 años y murió el 22 de septiembre de 1871, habiendo sobrevivido a casi toda su familia. La niña mimada de la sociedad londinense, la artista amargada por la enfermedad, terminó siendo la voz que le enseñó al mundo entero la lección más simple y más difícil del evangelio: que a Dios no se viene cuando uno ya está bien, sino tal como uno es.

Cada vez que una congregación canta «Tal como soy», está repitiendo la frase que un evangelista suizo le dijo a una mujer enferma en 1822, la frase que esa mujer se predicó a sí misma en una noche de insomnio en 1835, y la frase que sigue abriendo las puertas del cielo a quien la cree: ven tal como eres. Sin excusas, sin disfraces, sin promesas de cambiar primero. El Cordero de Dios recibe al que viene así. Siempre lo ha hecho.

Un versículo para conectar

«Al que a mí viene, no le echo fuera.» (Juan 6:37, Reina-Valera).

Charlotte eligió este versículo como epígrafe de su himno en 1836, y no podía haber elegido mejor: es la promesa que sostuvo su propia conversión en 1822 y la verdad que la levantó de la cama del desánimo en 1835. Dios no pone condiciones previas. El que viene —como venga— no es echado fuera. Nunca.

Escuchá la canción

Si querés volver a cantarla con el corazón puesto en esta historia, podés hacerlo entre las canciones de Jesús Adrián Romero: su versión de «Tal como soy» lleva la misma súplica que una mujer postrada escribió en 1835, y suena hoy igual de viva.

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