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Himnos Clásicos

Sublime Gracia: la historia del traficante de esclavos que escribió el himno más famoso del mundo

Por Matias

John Newton era de lo peor: capitán de barcos de esclavos, blasfemo temido hasta por su propia tripulación, un hombre que había tocado fondo en el mar y en el alma. Nadie habría imaginado que ese mismo hombre escribiría «Sublime Gracia», probablemente el himno más cantado y grabado de la historia, que hoy se entona en iglesias, funerales, conciertos y películas. Pero pocos saben que detrás de su melodía sencilla hay un hombre que un día descubrió que para él también había perdón. Esta es la historia de John Newton: el hombre que pasó de vender seres humanos a cantar la gracia de Dios.

El muchacho que se perdió en el mar

John Newton nació en Londres el 24 de julio de 1725. Perdió a su madre siendo todavía un niño y quedó al cuidado de un padre severo, capitán de barco, que muy pronto lo introdujo en la dura vida del mar. El muchacho forjó un carácter rebelde, endurecido por la rudeza del mar.

A los 18 años fue reclutado a la fuerza para servir en la Marina Real. Intentó desertar y lo castigaron con azotes delante de toda la tripulación. Amargado y lleno de resentimiento, terminó enrolándose en un barco de esclavos. Ni siquiera allí encajó: la tripulación lo despreciaba, y en un viaje lo abandonaron en la costa de África, donde terminó viviendo como un esclavo más, vistiendo harapos y suplicando comida.

Cuando por fin fue rescatado por un barco cuyo capitán conocía a su padre, Newton no había aprendido nada. Se había convertido en uno de los marineros más blasfemos del Atlántico: burlón y cruel, capaz de inventar insultos contra Dios que ni sus compañeros habían escuchado jamás. Parecía destinado a morir tal como vivía: endurecido, sin esperanza y lejos de Dios.

La noche en que el océano rugió

El 21 de marzo de 1748, el barco Greyhound navegaba por el Atlántico Norte de regreso a Inglaterra cuando una tormenta violenta lo azotó sin piedad. Las olas desgarraban las velas y el barco crujía como si fuera a partirse en dos. En medio del caos, un marinero ubicado justo donde Newton había estado momentos antes fue arrastrado por una ola y desapareció en la oscuridad. Newton entendió el mensaje: pudo haber sido él.

Desesperado, pidió al capitán que lo dejara intentar algo con las bombas de achique. El oficial accedió, y Newton, con sus propias palabras, exclamó: «Si esto no sirve, entonces ¡que el Señor tenga piedad de nosotros!». Se ató a la bomba junto a otro marinero para que el agua no se los llevara, y trabajó horas sin descanso. Exhausto, tomó el timón hasta la medianoche, con tiempo de sobra para pensar en su vida.

Dos semanas después, el maltrecho Greyhound y su hambrienta tripulación desembarcaron en Lough Swilly, en Irlanda. Newton había sobrevivido, pero algo más importante había comenzado: por primera vez en años, aquel blasfemo profesional se había puesto a orar. Encontró una Biblia a bordo y la abrió en el Evangelio de Lucas, donde leyó que Dios da su Espíritu a quienes se lo piden. El resto del viaje lo pasó reflexionando y orando. La tormenta había pasado, pero dentro de él apenas empezaba otra: la de una conciencia que despertaba.

Una conversión que tardó años

Aquí hay algo que conviene decir con honestidad, porque el propio Newton lo admitió: su cambio no fue instantáneo. Aquel clamor en la tormenta no lo convirtió de la noche a la mañana en un santo. De hecho, siguió capitaneando barcos de esclavos entre 1750 y 1754, aunque por dentro ya no era el mismo hombre: leía la Biblia, oraba y luchaba con su conciencia.

Fue un derrame cerebral en 1754 lo que puso fin a su vida en el mar. Alejado de los barcos, se preparó para el ministerio. En 1764 fue ordenado sacerdote de la Iglesia Anglicana y destinado a la pequeña parroquia de Olney, un pueblo del condado de Buckinghamshire, en Inglaterra. El antiguo traficante de esclavos ahora predicaba el evangelio desde un púlpito.

En Olney conoció al poeta William Cowper, y entre los dos nació una costumbre hermosa: Newton escribía himnos para ilustrar sus sermones dominicales, para que la congregación entendiera mejor el mensaje. Sus himnos tenían algo que los distinguía: hablaban en primera persona, algo poco común en la época. Newton no cantaba teorías; cantaba su vida.

El sermón que se volvió himno

A finales de diciembre de 1772, Newton preparaba el sermón para el culto de Año Nuevo, el 1 de enero de 1773. Su texto fue el primer libro de las Crónicas, capítulo 17, versículos 16 y 17, donde el rey David, asombrado ante el favor de Dios, pregunta: «¿Quién soy yo, oh Señor Dios, para que me hayas traído hasta aquí?».

Al meditar en esas palabras, Newton miró hacia atrás en su propia vida: las tormentas, la esclavitud, la blasfemia, el barco negrero… ¿Quién era él para que Dios lo hubiera traído hasta allí, hasta un púlpito? De esa reflexión nacieron seis estrofas que tituló «Faith’s Review and Expectation», que en español significa «Repaso y esperanza de la fe». La primera estrofa decía:

«Sublime gracia del Señor, que a un infeliz salvó; fui ciego mas hoy miro yo, perdido y él me halló.»

El himno se publicó en 1779 dentro de «Olney Hymns», el himnario que Newton y Cowper compilaron con sus composiciones. En aquel libro, la canción era una más entre cientos. Nadie imaginaba que dos siglos y medio después sería la más famosa de todas.

La melodía americana y el verso que no escribió

Un detalle curioso: la melodía que hoy todos asociamos con «Sublime Gracia» no es la original. En tiempos de Newton, los himnarios no traían música: eran pequeños libros de poesía religiosa, y cada congregación cantaba los versos con distintas melodías. La letra de Newton circuló durante décadas con varias músicas, hasta que en 1835 un compositor estadounidense llamado William Walker la unió a una melodía folclórica conocida como «New Britain» en su cancionero «The Southern Harmony». Fue un matrimonio perfecto: la música tenía un aire de asombro que parecía hecha para esas palabras.

Otro dato que pocos conocen: la última estrofa que hoy todos cantan, la que dice «cuando allá se pasen diez mil años…», no la escribió Newton. Esos versos aparecieron en 1852 en la famosa novela «La cabaña del tío Tom», de Harriet Beecher Stowe, y con el tiempo quedaron incorporados al himno.

Del barco negrero a la abolición

La historia de Newton no terminó con el himno. Con los años, aquel hombre que había participado en el comercio de esclavos se convirtió en uno de sus enemigos más decididos. En 1788 publicó un escrito titulado «Reflexiones sobre la trata de esclavos africanos», donde confesaba abiertamente su culpa y describía con detalle los horrores que había presenciado. «Siempre será para mí un motivo de humillante reflexión haber sido un instrumento activo en un negocio que hoy estremece mi corazón», escribió.

Newton se unió al parlamentario William Wilberforce y le brindó su testimonio como testigo directo de la trata. En febrero de 1807, apenas unos meses antes de la muerte de Newton, el Parlamento británico aprobó la ley que prohibía el comercio de esclavos en todo el imperio. El antiguo esclavista vivió para ver el principio del fin de aquello en lo que una vez participó.

Antes de morir, el 21 de diciembre de 1807, Newton escribió su propio epitafio, que resume su vida mejor que cualquier biografía: «John Newton, clérigo, una vez infiel y libertino, siervo de esclavos en África, fue, por la rica misericordia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, restaurado, perdonado y llamado a predicar el evangelio que por tanto tiempo se había esforzado en destruir.»

Gracia que todavía canta

El himno cumplió 250 años el 1 de enero de 2023, y sigue más vivo que nunca: la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos registra más de tres mil grabaciones de la canción, interpretada por artistas de todos los estilos, desde Judy Collins hasta Elvis Presley. Se canta en bodas y en funerales, en estadios y en pequeñas capillas, y ocupó un lugar especial en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos.

Quizás el secreto de «Sublime Gracia» sea el mismo que el de su autor: no habla de gente perfecta, sino de perdidos que fueron hallados, de ciegos que ahora ven. Cada vez que la cantamos, nos unimos a aquel joven aterrorizado en la tormenta de 1748, que descubrió que la gracia de Dios alcanza incluso al peor de los pecadores. Porque esa es, al final, la historia de todos nosotros: fuimos ciegos, mas hoy miramos. Hoy puedes encontrarla entre los grandes himnos cristianos de todos los tiempos, junto a las canciones que han marcado la historia de la fe. ¡Sublime gracia, cuán dulce es!

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