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Himnos Clásicos

Cuán Grande es Él: la historia del himno que nació de una tormenta en Suecia

Por Matias

Todo comenzó con un trueno. Una tarde de verano de 1885, un joven pastor sueco volvía a casa caminando cuando el cielo se cerró de golpe y una tormenta feroz lo obligó a refugiarse entre los árboles. Minutos después, el temporal pasó, y el silencio y la calma que quedaron lo conmovieron tanto que, al llegar a su casa, tomó la pluma y escribió un poema. Ese poema se convertiría en «Cuán Grande es Él», el himno que hoy cantan millones de creyentes en catedrales majestuosas y en pequeñas iglesias de barrio, en español, en inglés y en cientos de idiomas más. Esta es su historia: un viaje de más de 140 años, cinco idiomas y tres continentes que comenzó con un trueno.

El día que el cielo habló

Carl Gustav Boberg tenía apenas 25 años cuando vivió el día que cambiaría su vida. Era pastor luterano, poeta y músico, y con el tiempo llegaría a ser también miembro del parlamento de su país. Aquella tarde regresaba caminando a su hogar después del culto, en un pueblo cerca de Kronobäck, mientras a lo lejos todavía sonaban las campanas de la iglesia.

De pronto, el cielo se oscureció. Una tormenta de verano se levantó sin aviso: truenos, relámpagos y un viento recio lo obligaron a buscar refugio entre los árboles. Pero tan rápido como había llegado, la tormenta cesó. El aire se llenó de frescura, las nubes se disiparon y Boberg, desde lo alto de una colina junto a la bahía de Mönsterås, contempló la calma que el temporal había dejado atrás. Desde el bosque del otro lado de la bahía llegaba el canto de los pájaros, mezclado con el distante repique de las campanas.

El propio Boberg contaría años después lo que sintió al llegar a casa: abrió la ventana que daba hacia el mar y, entre la quietud de la tarde, escuchó las campanas que parecían despedir un funeral reciente. El poema se publicó al año siguiente, en 1886, en una revista local sueca. Fue entonces cuando una profunda reverencia llenó su corazón. Ante la grandeza del Creador, que acababa de mostrarle su poder y su paz en cuestión de minutos, tomó su pluma y escribió los versos de un poema titulado «O Store Gud», que en español significa «¡Oh gran Dios!».

Del poema al canto del pueblo

El poema no tardó en encontrar su música: se unió a una antigua melodía del folclore sueco, de esas que el pueblo ya tarareaba de memoria. En 1888, tres años después de haber sido escrito, se cantó públicamente por primera vez en una iglesia de la provincia de Värmland, en Suecia.

Desde aquel día, el himno comenzó a extenderse por toda Suecia y luego por el norte de Europa. Su mensaje era sencillo y profundo a la vez: el asombro ante la creación de Dios y la gratitud por su obra redentora. Los creyentes lo hicieron suyo porque ponía palabras a lo que muchos sentían y no sabían expresar: que Dios es grande, inmensamente grande. Durante años, sin embargo, el himno vivió casi en secreto, cantado solo en sueco y conocido apenas fuera de Escandinavia.

Un viaje por cinco idiomas

Pero la historia de este himno apenas comenzaba. En 1907 fue traducido al alemán, y en 1912 cruzó las fronteras hasta Rusia, donde los creyentes lo adoptaron con amor. Y fue en tierras rusas donde el himno encontraría a la persona que lo llevaría al mundo entero.

Stuart K. Hine era un misionero británico que servía junto a su esposa Edith en las montañas de los Cárpatos, en Ucrania, durante la década de 1930. Allí escuchó a los creyentes locales cantar la versión rusa del himno de Boberg. La melodía lo conmovió, pero sintió que la letra podía decir aún más. Entonces hizo algo extraordinario: primero anotó la letra y compuso estrofas nuevas todavía en ruso, y más tarde tradujo el himno al inglés y le añadió dos estrofas completamente originales, nacidas de su propia experiencia como misionero.

La estrofa de la naturaleza, la que habla de caminar por los bosques y contemplar la grandeza de las montañas, nació de sus caminatas por los Cárpatos. Y la estrofa final, la que mira con esperanza hacia el regreso de Cristo, la escribió al estallar la Segunda Guerra Mundial, después de conversar con un refugiado ruso que había sido separado de su esposa y anhelaba reencontrarse con ella en el cielo. Así, un himno que había nacido de una tormenta en Suecia encontró su voz definitiva en medio de otra tormenta: la de la guerra.

La versión inglesa, titulada «How Great Thou Art», se publicó en 1949, y en 1954 la editorial Manna Music adquirió sus derechos para difundirla en los Estados Unidos.

La voz que la llevó al mundo

El himno necesitaba una plataforma, y la encontró en el predicador más famoso del siglo veinte. A mediados de la década de 1950, Billy Graham incluyó «How Great Thou Art» en sus cruzadas evangelísticas, esas reuniones masivas que llenaban estadios en todo el mundo.

Fue George Beverly Shea, el legendario solista del equipo de Graham, quien la convirtió en un fenómeno. Shea había recibido la partitura de un amigo que la encontró en Londres, y la cantó por primera vez en la cruzada de Toronto en 1955. En la histórica cruzada de Nueva York de 1957 la interpretó 99 veces, con el coro y miles de asistentes uniéndose al estribillo. Junto a Cliff Barrows, director musical de las cruzadas, Shea llevó el himno a millones de personas en cada continente. Se dice que, gracias a esas cruzadas, Shea cantó en vivo ante más personas que ningún otro cantante en la historia. Tanto fue el impacto del himno que se convirtió en el tema musical del programa radial semanal de Graham, «Hour of Decision», que en español significa «Hora de Decisión».

Desde los estadios de América, el himno saltó al resto del planeta. Hoy existe en cientos de lenguas y dialectos, y ha sido grabado por innumerables artistas de todos los estilos, convirtiéndose en uno de los himnos más versionados de todos los tiempos.

Cuán Grande es Él en español

Para el mundo de habla hispana, el himno llegó de la mano del pastor argentino Arturo W. Hotton (1909-1959), quien además de pastor fue periodista y dirigente de la Iglesia Cristiana Evangélica. En 1958, Hotton tradujo la letra al castellano, regalándonos los versos que hoy cantamos de memoria: «Señor, mi Dios, al contemplar los cielos, el firmamento y las estrellas mil…».

La traducción conservó la estructura del himno inglés: cuatro estrofas que van de la creación a la cruz y a la esperanza final, unidas por el estribillo que todos conocemos. En la década de 1960, «Cuán Grande es Él» se hizo popular en las iglesias evangélicas de América Latina y España, y desde entonces no ha dejado de cantarse en cultos, vigilias, bodas y funerales. Hoy puedes encontrarla entre miles de canciones cristianas de todos los tiempos, junto a los himnos que han marcado la historia de la fe.

Un himno que no envejece

Han pasado más de 140 años desde aquella tormenta en Suecia. El joven pastor que se refugió entre los árboles nunca imaginó que su poema viajaría por cinco idiomas, cruzaría tres continentes y terminaría en los labios de millones de creyentes.

Pero quizás ese sea el secreto de «Cuán Grande es Él»: no habla de una época ni de una cultura, sino de algo eterno. Cada vez que la cantamos, nos unimos a Boberg en aquella colina de Suecia, a Hine en las montañas de Ucrania, a Shea en los estadios llenos y a incontables creyentes que, en sus propias tormentas, descubrieron lo mismo que ellos. Porque todos, alguna vez, hemos sentido el trueno de la prueba y después la calma de la presencia de Dios. Y ante eso, el corazón no encuentra mejores palabras que estas: ¡Cuán grande es Él! ¡Cuán grande es Él!

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